MARTES 2 DE DICIEMBRE DEL 2025

 

LA SEMANA QUE HOY COMIENZA

 

Esta semana estará marcada por el expediente No. 24929, “Ley para que los rectores de las universidades públicas y el presidente del Consejo Nacional de Rectores (CONARE) concurran ante la Asamblea Legislativa de la República de Costa Rica”, actualmente en estudio de la Comisión de Ciencia, Tecnología y Educación, y sobre el cual distintas instancias como la Contraloría General, el Colegio de Abogados y las propias universidades han empezado a emitir criterio.

 

Este debate se inserta en un contexto político en el que la negociación del FEES 2026, donde Gobierno y universidades, dieron como resultado un incremento del 1% con condicionamientos y con una fuerte presión fiscal de fondo; y por otro lado, una narrativa instalada desde parte del oficialismo y sectores aliados que insiste en presentar a las universidades públicas como estructuras poco eficientes, sobredimensionadas y desconectadas de las necesidades “del mercado laboral”. En ese marco, la discusión del proyecto 24.929 se convierte en un espacio clave para rebatir esa narrativa y defender tanto la autonomía universitaria como el sentido estratégico de la educación superior pública.

 

El proyecto establece la obligación de que los rectores de las universidades públicas comparezcan una vez al año ante el Plenario Legislativo, en la primera sesión ordinaria de febrero, con un informe de 20 minutos que debe incluir un balance económico-financiero, el detalle de ingresos y egresos, indicadores de desempeño estudiantil (duración de la carrera, graduación, deserción), porcentaje de inserción laboral, así como el desempeño de la investigación y de los órganos asesores de la administración pública. A su vez, obliga al Presidente de CONARE a rendir un informe similar, también de 20 minutos, sobre estado de la educación universitaria, distribución del FEES, número de carreras, costo por estudiante y tasas de graduación, deserción e inserción laboral, tras lo cual se abre un debate reglado para que las fracciones realicen consultas.

 

En la superficie se presenta como un mecanismo de “rendición de cuentas” amparado en el artículo 11 constitucional, pero su diseño concreto y el momento político en que se impulsa revelan un conjunto de riesgos y efectos negativos para la educación superior pública que es importante explicitar.

 

En primer lugar, el proyecto introduce una forma de control político anual que desdibuja la autonomía universitaria y reconfigura la relación entre poderes. No se trata de negar la rendición de cuentas –que ya existe y es robusta– sino de señalar que las universidades públicas hoy rinden cuentas de múltiples maneras: están sometidas al control de la Contraloría General de la República, a auditorías internas y externas, al escrutinio de sus consejos universitarios y órganos colegiados, a procesos de acreditación de calidad, a la supervisión ciudadana y, en el caso del FEES, a una Comisión de Enlace que ya negocia con base en 22 indicadores acordados entre Gobierno y universidades.

 

Obligar a una comparecencia anual de los rectores ante el Plenario, por fuera de las comisiones especializadas y al margen de esos mecanismos ya existentes, crea una línea directa de presión política sobre las autoridades universitarias, más propia de un esquema de subordinación que de un régimen de autonomía constitucionalmente reconocida. La Asamblea tiene funciones de control político, pero al normar en detalle cómo, cuándo y sobre qué indicadores específicos deben dar cuentas las universidades, el legislador se aproxima peligrosamente a dirigir la gestión universitaria desde el Congreso.

 

En segundo lugar, la iniciativa selecciona y prioriza un conjunto de indicadores que reflejan una visión reducida y economicista de la educación superior. El énfasis está puesto en la “adecuación de la oferta académica al mercado laboral”, en la “eficiencia y productividad”, en la inserción laboral inmediata y en la deserción, sin considerar con el mismo peso la función social, cultural y democrática de las universidades, su papel en la generación de conocimiento crítico, su presencia territorial ni su aporte al desarrollo humano en sentido amplio. Ese encuadre desplaza el debate hacia una lógica de corto plazo, donde carreras, programas y presupuestos pueden ser juzgados año con año solo por su “retorno” medible en empleo inmediato, presionando a recortar o cerrar áreas estratégicas como las humanidades, las artes, la investigación básica o la formación docente, que no siempre se traducen en estadísticas laborales inmediatas pero son indispensables para la sociedad. En la audiencia, los rectores pueden subrayar que aceptar sin crítica este marco de indicadores supone legitimar una redefinición del sentido mismo de la universidad pública, alejándola de su mandato histórico.

 

En tercer lugar, el proyecto construye un régimen de exposición pública y mediática exclusivamente para las universidades públicas, reforzando la narrativa de que son ellas, y no otros actores estatales, las que deben estar permanentemente “a prueba” ante la opinión pública. El texto no establece obligaciones equivalentes para otras instituciones que también manejan porcentajes significativos del presupuesto nacional –Caja Costarricense del Seguro Social, Poder Judicial, instituciones autónomas de otro tipo– sino que elige como objeto único de esta comparecencia anual a los rectores y a CONARE, con el argumento de que las universidades consumen el 20,8% del presupuesto del MEP.

 

En la práctica, esto coloca a las universidades en una vitrina política donde, cada febrero, deberán defender su legitimidad en un escenario que facilita el uso del populismo fiscal: se puede apelar al enojo por el costo de la vida, a situaciones puntuales de conflicto o a anécdotas sobre “mal uso de recursos” para cuestionar globalmente al sistema de educación superior, aunque los datos estructurales cuenten otra historia.

 

A partir de allí se abre el cuarto riesgo, directamente vinculado al FEES y a la estabilidad financiera del sistema: la comparecencia anual ante el Plenario puede convertirse en un “juicio político” recurrente sobre el FEES, cuyos resultados sean luego usados para impulsar recortes o congelamientos en las siguientes negociaciones. El proyecto llega en un contexto donde el Poder Ejecutivo ha buscado amarrar el FEES 2026 a una base condicionada por la inflación, incluso tomando como base una cifra que incluye aumentos previamente acordados pero no desembolsados; en ese marco, disponer de un informe anual presentado en clave de “eficiencia” y “productividad” les brinda munición discursiva a quienes ya han cuestionado el crecimiento del fondo y piden recortes. No es casual que, mientras la Comisión de Enlace discute los indicadores y las condiciones para financiar mejor las becas, la investigación y la regionalización, en la Asamblea se tramite un proyecto que enfatiza el costo por estudiante y la carga sobre “el bolsillo de todo el pueblo” como eje central del relato.

 

En quinto lugar, el diseño procedimental del proyecto crea asimetrías que perjudican a las universidades. Se conceden solo 20 minutos a cada rector y a la presidencia de CONARE para explicar la complejidad de sus instituciones, su estructura financiera, sus retos académicos y sociales, sus resultados en docencia, investigación y extensión; en contraste, el debate reglado posterior permite que las fracciones utilicen la información de manera fragmentada, formulen preguntas que no necesariamente buscan aclarar sino construir titular político, y mantengan el control de la agenda discursiva.

 

Al limitar el tiempo de exposición de las autoridades universitarias y ampliar el margen de intervención de los diputados, el proyecto instala una lógica de “interpelación anual” más que una conversación técnica, que puede derivar en señalamientos simplistas y en comparaciones injustas entre universidades en función de uno o dos indicadores aislados.

Además, hay un problema de duplicidad institucional e ineficiencia administrativa. Las universidades ya están obligadas a generar memorias institucionales, informes de gestión, reportes a la Contraloría y al Ministerio de Hacienda, informes específicos al CONARE y documentación de respaldo para cada negociación del FEES.

 

La iniciativa 24929 no se limita a pedir que esos informes se remitan a la Asamblea, sino que introduce un formato propio, con indicadores específicos y una comparecencia anual ante el Plenario, lo que implica más horas de trabajo técnico, más costos de recopilación y sistematización de datos, y una carga adicional sobre equipos que ya están atendiendo, por ejemplo, la evaluación de los 22 indicadores acordados en la Comisión de Enlace. Lejos de aportar claridad, corre el riesgo de dispersar esfuerzos y de crear versiones paralelas de la información que generen confusión o interpretaciones parciales según convenga a la coyuntura política del momento.

 

En la audiencia, los rectores pueden explicar que las herramientas de rendición de cuentas ya existentes fueron precisamente una de las bases para la negociación del 1% adicional y que seguir multiplicando exigencias formales no mejora la transparencia, pero sí distrae capacidades que deberían estar destinadas a la docencia, la investigación y la extensión.

 

De esta forma, para esta semana el punto central será precisamente la audiencia donde las autoridades universitarias expondrán su posición frente al proyecto en la Comisión de Ciencia, Tecnología y Educación. En ese espacio, pueden articular una oposición que no sea defensiva sino propositiva: reconocer abiertamente la importancia de la rendición de cuentas, mostrar evidencia de los mecanismos ya vigentes y proponer, en todo caso, fortalecer los canales existentes en lugar de crear un dispositivo paralelo de control político en el Plenario. Les será útil destacar que las universidades públicas han mantenido una trayectoria consistente de apertura y transparencia –comparecencias frecuentes, entrega de informes a comisiones, participación en debates presupuestarios– y que el problema no es la falta de datos, sino la voluntad de algunos actores de utilizarlos para justificar recortes a la educación superior en lugar de para planificar un desarrollo equilibrado del sistema.

 

                                                                                      PREDICTA S.R.L

                                                                                   Cédula 3-102-13416

 

 

Emmanuel Ferrer Venegas                                                                                                                Arturo Ferrer Schlager

   Cédula 1-1568-0284                                                                                                                         Cédula 1-0500-0784